Esta joya anónima del siglo XVIII es mucho más que literatura erótica; es un manifiesto de la libertad. Thérèse narra su despertar sexual e intelectual, descubriendo que las pasiones del cuerpo no son pecados, sino la expresión más pura de la naturaleza humana.
Entre críticas mordaces a la hipocresía del clero y escenas de exquisita voluptuosidad, la obra entrelaza el placer físico con el materialismo ilustrado. Aquí, la alcoba se convierte en aula y el goce en un argumento irrefutable contra la moral represiva. Un texto audaz para quienes entienden que la mente también es una zona erógena.
