"Al día siguiente no murió nadie". Con esta frase demoledora, José Saramago plantea una utopía que pronto se vuelve pesadilla. En un país indeterminado, la muerte decide suspender sus funciones. La alegría inicial da paso al caos: los ancianos agonizan eternamente, los hospitales colapsan, la Iglesia pierde su razón de ser y surge una "maphia" para cruzar a los moribundos a la frontera.
Pero la novela da un giro inesperado cuando la muerte, cansada de ser un concepto abstracto, decide humanizarse. Se vuelve mujer, escribe cartas violetas y descubre algo que desconocía: la música de un violonchelista. Una fábula maestra, tierna y mordaz, sobre por qué el fin es necesario para que la vida tenga sentido.
