“El mundo, la vida, la sociedad, son los dominios de la inventiva, de la impostura, o de la eterna pavada…como ustedes quieran”

Lucio V. Mansilla

 

          La ambición secreta de Maupassant como escritor era gustar a las mujeres y depositaba esta idea fija a todo escritor masculino. “Yo tampoco era Flaubert, ni siquiera Maupassant, pero tenía algo llamado “sentido estético”; así, entrecomillado, anuncia el narrador de Las Maquinas Orientales (Club Hem Editora, 2019) su estilo sanitarista y depravado donde los cuerpos (hombres—vampiros, hombres—robots, hombres—hombres) son controlados y depositarios de una subjetividad transformada por extracción e inyección de fluidos varios. “Nadie puede escapar al control”. Está claro que de esta forma, Luppino solo puede gustar a las mentes paranoicas de cualquier género humano contradiciendo las palabras del canónico autor francés.

          El texto se justifica en el control paranoico de los personajes. (…) La iglesia católica fue poseedora de la mayor cantidad de datos personales hasta la aparición de Google que redobló la apuesta. Ahora  “los curitas trabajaban para Google y tenían un plan siniestro: vendernos aquello que nos interesaba y cruzar los datos con nuestros sentimientos”. Hay traspaso de mando y el control es muchísimo mayor.

          Dice Laiseca en un texto revelador: “Es difícil hacer una valoración militar de la literatura. La guerra marcha mal, qué duda cabe. La cosa es contra el arte, lo sabemos. Sin embargo he observado que la naturaleza humana nos sorprende con reversiones inesperadas…”.

          El verdadero peligro de las maquinas radica en su apariencia pacífica, como un libro. Sin embargo, esta apariencia no es más que una trampa, como un libro: “Yo metí la mano, pero la máquina me chupó el brazo: como si fuese una aspiradora” La máquina como tal, opera de manera silenciosa sobre la voluntad de los hombres transformando y dando vida a su entorno inanimado; Dick lo dice mejor: “Es la tendencia de la así llamada mente primitiva; aquella de inanimar su entorno. La psicología profunda moderna nos ha pedido durante años que retiremos estas proyecciones antropomórficas de lo que en realidad es la realidad inanimada, para introyectar, es decir, para traer de vuelta a nuestras propias cabezas, la cualidad viviente, que nosotros, en la ignorancia arrojamos a las cosas inertes que nos rodean”

     El narrador, un ministro (¿de salud?) con un vasto lenguaje porno-médico vive en un mundo de androides alucinados, violentos; siguen sus propias reglas, es el futuro y también el pasado. En el tablero de Luppino los dados quedan desordenados y hacen lo que pueden. Convive en la escritura de la novela-androide el conocimiento médico, los vampiros, Wilde (el de acá, el higienista), Bolaño, Lamborghini. “La realidad que tal vez produce la Máquina” genera un espacio donde los conflictos son agobiantes y agobiados, el escenario entre Uruguay y Bs As se corren y permiten imaginar el cómo qué. Las referencias históricas son pocas pero orientativas. La Ciudad Vieja, el río “la otra gran llanura”.