Una necesidad monstruosa de ser otro habita en el narrador de Hotel Atlántico. Nada mejor para este asunto que un actor desempleado y con cierta fama. En La pasión según G.H de Clarice Lispector la narradora comenta que “la alegría de perderse es una alegría sabática (…) un sentimiento peligroso”. Este “sentimiento peligroso” comienza con la primer escena cuando al narrador del que no conoceremos su nombre ni detalle físico, exige que lo llamen “Amor, Verbo Encarnado” al requerir a “la fulana” un servicio de cuarto; entonces, sin nombre, o sea sin una identidad que lo defina se permite ser la que convenga en el momento:

“Rellené la ficha del hotel. ¿Estado civil? Soltero, mentí. E imagine a una mujer esperándome en cualquier parte de Brasil…”

      Hay dos referencias temporales e históricas: 1986, año donde acaba de finalizar la dictadura militar brasilera; otra es el PM (policía militar) vinculada a un asesinato. Entonces, en un escenario donde las identidades fueron castradas, un actor desempleado experimenta varias en un hilo narrativo vertiginoso, de una simplicidad sintáctica abrumadora. El uso reiterado del monólogo y de la primera persona acercan la narrativa a una intimidad muy fuerte con la vivencia del relato. Cesar Aira nos advierte sobre lo poco que conocemos en cuestión de letras del país hermano, de su belleza.
Cuando arde la vida, se tiende a ir siempre hacia adelante como el camino de carbón por el cual los faquires demuestran su talento. Hotel Atlántico transita con mística religiosa su propio camino de fuego: Dios, la iglesia, párrocos y curas, vírgenes non sanctas son el escenario posible dentro de quien está “familiarizado con la realidad de los otros”. No hay nombre propio para el narrador; solo algunos datos: Es actor desempleado y tiene una necesidad imperiosa de no volver atrás, aunque por momentos el brazo de la nostalgia intente aferrarlo. Esta información, de todos modos, hay que tomarla de los pelos ya que su verdad fluctúa de un momento a otro sin reservas.

Otro activo místico: el constante encuentro con la muerte. Primero en el hotel, luego en el viaje a Florianópolis y, por último, cuando vestido con la sotana de un viejo párroco del pueblo donde espera a que se le sequé su propia ropa, camina con la ayuda de un bastón simulando ceguera: “ahí yo era una figura enigmática con su bastón y nadie se me acercaba”.
Algo muy particular en la escritura de Joao Gilberto Noll es la capacidad de lograr narradores sin un sentido de arraigo. Vagabundos echados a la suerte en alguna parte del planeta. Escritor de lenguaje, confeso “apasionado de la música”; utiliza el teclado “del computador” como las teclas blancas de un piano, hasta conformar una melodía siempre hacia adelante (como la música). "A veces, la literatura, es una voz enbriagada que canta"
El texto apuesta a una mayor transparencia narrativa a diferencia de Lord o A cielo abierto en el cual hay una experiencia más propia del lenguaje; el mismo Noll dice esto en una entrevista que se encuentra fácilmente en Youtube; transcribo: "Soy un escritor de lenguaje, el método que utilizo lo deja claro. Intento captar la realidad a través de lo que me va dictando”.
El narrador se somete a un viaje sin convicción, sin identidad ni compromiso (salvo que estos le sean de utilidad) con quienes se cruza en el camino. La “ausencia me hace ajustar cuentas con el destino”.